01 diciembre, 2012

La tristeza

La tristeza es la peor de las sensaciones. La imagen que mejor la define es la cara de las madres con sus críos, casi desmayados por el hambre, entre sus brazos. La mirada, el gesto, es la manifestación externa de lo que siente nuestro interior, nuestra alma. Cualquiera puede verla porque los humanos tenemos en el rostro un medio de expresión. Manifestamos al exterior nuestras sensaciones para que quién nos ve sepa que algo nos está pasando. La tristeza te invade cuando ya no te queda rabia ni capacidad de lucha para poder dar a tus hijos, a tu familia, lo más esencial y cuando miras alrededor y nadie te protege ni te ampara.

Pero, no solo las personas se entristecen y lo manifiestan. La tristeza social es la que siente un grupo cuando está invadido por sensaciones negativas, cuando no hay nada a su alrededor que le haga atisbar una esperanza de que las cosas van a ir a mejor, cuando la vida de los otros, allí arriba, en el castillo del bienestar, parece inalcanzable. La tristeza invade a una sociedad en la que desaparecieron las oportunidades para la gente común; en la que no existe esperanza alguna de avance, tan solo se te ofrece la oportunidad de enroscarse como un caracol: gastar menos, reducir, privarte de cosas de las que antes disfrutabas, mientras el entorno te incita al consumo: "oferta", "llévese dos y pague uno", "llega la navidad, compre lotería"...

Las comunidades manifiestan la tristeza con la apatía. La apatía de millones de pensionistas que se tragaron con resignación la pérdida de poder adquisitivo; la de 6 millones de desocupados que no tienen posibilidad ni presente ni futura de encontrar una actividad de la que vivir; la de millones de familias que se esforzaron hasta el infinito en educar a sus hijos, en formarlos para hacer más competitivo a un país, y ahora les ven tomar un avión para escapar de esta especie de purgatorio que es España y dirigirse hacia otras partes donde haya menos nubarrones para no regresar, en muchos casos, ni de visita.

La tristeza se torna llanto cuando alguien, desesperado, sin ingresos, sin posibilidad de obtenerlos, salta al vacío y acaba con su vida porque se va a quedar sin un techo bajo el que guarecerse, cuando alguien roba en un supermercado para llevar comida a casa y se expone a la vergüenza pública, cuando uno se levanta por la mañana y mira a su alrededor y no ve nada más que soledad y una atmósfera gris anodina, y decide sentarse en una esquina concurrida y extender su mano... No siente nada, no tiene nada, la dignidad hace tiempo que se le esfumó, se le robó el sistema. Y los ladrones tienen nombre y apellidos.

Termino aquí porque me invade una profunda sensación de llanto inminente. No sé por qué escribí esto, pero sí sé que me impulsó a hacerlo un pequeño recorrido por las noticias de la mañana buscando un rayo de luz entre tanta penumbra. No lo vi, y entonces vomité... Lo siento.

1 comentario:

Luis Heras dijo...

Bravo, muy conmovedor. Coincido contigo en que es desgarrador lo que describes.

La tristeza raramente es espontánea. La tristeza alguien la sufre porque otro pone las causas para crearla. Y las consecuencias de promover la tristeza pueden ser terribles, como ya vemos. Por favor no nos hagan estar tan tristes, nos va la vida en ello.
http://laleydelaveleta.blogspot.com.es